sábado, 6 de febrero de 2016

Un espejo roto

Vale que ya este Rayo Vallecano no es aquel equipo obrero de los setenta del que escribía Francisco Umbral, el de Felines y los progres que acudían a Vallecas pensando que el fútbol podía tener algo de revolución o de utopía. Y claro que tiene utopías este deporte tan imprevisible; pero perduran hasta que empieza el partido y te enfrentas a esos presupuestos que convierten al Real Madrid o al Barcelona en equipos de otra galaxia que nada tiene que ver con la nuestra, tan terrenal y tan soñadora que asombra por su grandeza. Esta es nuestra Liga, la de esos partidos en los que nos jugamos la confianza, los puestos en la clasificación y hasta el prestigio para que sigan comprando nuestras camisetas. De cualquier manera recuerdo que en aquel Rayo posterior a Tanco, a Alvarito o a Felines apareció Fernando Morena, uno de los mejores delanteros que ha jugado en nuestra Liga y que se compró con un dineral alejado por completo de aquella vitola obrera que estilaba el equipo vallecano. Todo esto que escribo, claro, no es más que un rodeo para no enfrentarme al desastre que vimos en Vallecas.
A Paco Jémez lo conocíamos por estos lares. También intentó una propuesta de fútbol ofensivo en el que destacara el fantasista del que escribe Héctor Rivera Letelier en la novela del mismo título, cualquiera de esos jugadores irrepetibles que son capaces de ver un hueco donde no lo ve nadie o de regatear hasta a su propia sombra. De aquellos tiempos vienen Vitolo o Jonathan Viera, aunque luego creo que a Jémez le mató el no saber que el corazón y la cabeza están condenados a entenderse en un mismo cuerpo, y no digamos en una suma de egos o de jugadores que quieren ganar a toda costa. Cuando empezó la caída no escuchó más que su voz, y si no aparece Juan Manuel Rodríguez aquel año casi volvemos al pozo de la Segunda B. Setién, a diferencia de Jémez, viene con Elder Sarabia, que es como una buena conciencia que no ciega, y por tanto sabe escuchar y ser pragmático cuando lo requiere el guion. Hoy se vieron Setién y Jémez frente a frente en esa otra Liga de la que hablaba al principio, y de ese encuentro salió un partido de fútbol en el que el canarión accidental que entrena al Rayo le ganó merecidamente al santanderino. Fuimos un espejo roto que devolvía una imagen distorsionada que no tiene que ver con la propuesta de Setién: pases largos, presiones alocadas y un balón que parecía que quemaba en los pies de los jugadores amarillos. Una lástima, sobre todo por esa afición canariona que vive en Madrid y que despide esta temporada sin ver puntuar a su equipo en la capital de España.
Vallecas ya no es aquel barrio obrero que se extendía más allá del Retiro y de la estación del Mediodía. Ahora también forma parte de la urbe especulativa del Foro, y en esa urbe su equipo, como el nuestro, no es más que una suma de dígitos que intenta mantenerse a salvo con los mimbres que les deja el show business que manda en el fútbol y en la vida. Ganar o perder, escribía el polaco Milosz, da lo mismo, porque al final todo es olvido; pero eso lo decía de la vida y de la poesía. En el fútbol el que gana vive más plácidamente el domingo. Esta vez nos salvan los carnavales y esa careta que sirve para escondernos unas horas hasta que comience el próximo partido. Olvidemos lo que aconteció hoy en Vallecas. No digamos, como en la novela de Terenci Moix, que fue un sueño y aprendamos de los errores para no volver a repetirlos; pero dejemos que don Carnal nos haga olvidar cuanto antes este hiriente e inesperado tropiezo.

domingo, 31 de enero de 2016

Agónicos y cíclicos

Esta mañana, al encender el ordenador y conectarme a Facebook, la red social me recordaba que el pasado año un día como hoy había escrito sobre la victoria de Las Palmas ante el Mallorca con un gol de penalti en el último minuto. Y entonces escribía también que con aquellas victorias eran con las que se conseguiría el ascenso. Justo un año después, en el mismo escenario, y con una situación parecida, pero ya en Primera División, volvimos a marcar en el último minuto en uno de esos encuentros en los que uno sabe que se está jugando buena parte de su futuro. Hasta ese momento nos parecíamos a la mitad de Cassius Clay: bailábamos como una mariposa pero no picábamos como una abeja, no teníamos aguijón, tocábamos y tocábamos sin crear ocasiones; pero al final, la fidelidad a un estilo y la perseverancia siempre terminan encontrando algún camino. Deberíamos anotar en un diario todo lo que nos ocurre para darnos cuenta de lo que se parece la matemática de la vida algunas veces. A lo mejor descubrimos que el dolor de lumbago se repite todos los quince de junio o que corren los barrancos todos los tres de diciembre. Cada vez que Las Palmas juegue el 31 de enero me sentaré tranquilo esperando al último minuto del partido para descorchar el champán de la victoria.
Se nos da bien el Celta de Vigo. Siempre tengo en el recuerdo aquel último partido de Tonono (y de Pierre Sinibaldi) en el Insular en el que nos jugábamos el descenso y ganamos tres a uno. Después de esa permanencia, que marcaba la transición entre el final de la era de Tonono, Germán y Guedes, y anticipaba la de Felipe, Brindisi o Morete (con jugadores como Roque, Páez, Pepe Juan, Noly, Félix o Hernández en ambas épocas), la Unión Deportiva volvió a la UEFA y fue subcampeón de Copa. Este año toca mantenerse para luego comenzar a asentarnos en Primera y aspirar a lo que hoy han conseguido equipos como el Celta de Vigo. En aquellos tiempos, los clubes de fútbol no eran tan barojianos como los de ahora. En las novelas de Baroja los personajes entran y salen todo el rato casi sin tiempo de que lleguemos a conocerlos. En aquellos años nos sabíamos las alineaciones y los jugadores estaban unidos a unos colores casi de por de vida. Ahora el fútbol es otra cosa, se juega más rápido y se ficha todo el tiempo: parece un vertiginoso tiovivo que no para nunca de dar vueltas.
Vamos paso a paso, cogiendo confianza y reconociendo automatismos. No es fácil ser valiente cuando te asomas al abismo, y Setién y Sarabia lo están siendo, valientes y consecuentes con su manera de entender el fútbol. Veníamos de dos derrotas peligrosas, sobre todo para el ánimo y para la confianza de los jugadores y de los aficionados, y uno quiere creer que cuando marcas casi de milagro en el último minuto es porque te aguarda un destino halagüeño a corto plazo. Si la suerte se pone de nuestra parte, tenemos andado la mitad del camino. Nos falta el aguijón, picar como una abeja para ser más efectivos, y dejar a la mariposa cuando estemos defendiendo para ser más contundentes. Lo otro es fútbol, ese juego que se parece tanto a la vida.

lunes, 25 de enero de 2016

Balones al suelo

Un partido de fútbol un lunes es como un agujero en un pantalón de etiqueta, como un carnaval en Viernes Santo, algo que no acabas de creerte del todo, y si tu equipo pierde, como perdió esta noche Las Palmas, la mente se defenderá sepultando la derrota lo antes que pueda. También hay partidos de Primera que parecen de Segunda. Los jugadores, el público, los comentaristas y hasta nosotros mismos miramos esos encuentros como si fueran entrenamientos. No es fácil sobreponerte a la ausencia de tu jugador más determinante. Ya habíamos perdido para toda la temporada a Javi Castellano, pero la lesión de Vicente Gómez nos costará algunos puntos. No es cierto que no haya nadie imprescindible. El canterano era quien comenzaba a distribuir el juego y quien ordenaba las piezas desde el primer pase. Nos iremos reponiendo, pero hoy se notó su ausencia. Tendremos que ir probando alternativas. Uno confía en que Matías tenga su oportunidad, o en que llegue un fichaje que se adapte a esa posición, o ya puestos, en que cualquier compañero que ahora es secundario se reivindique y ofrezca otras alternativas a Setién. Esta noche aún era pronto para cerrar una herida que todos intuimos desde que nos anunciaron el alcance de la lesión.
También nos volvió a hundir la inexperiencia, la falta de solidez defensiva y la escasa contundencia cuando llegamos al marco contrario. Los otros equipos que llevan años en Primera saben que la efectividad es un grado más determinante que la veteranía. Volvimos a tocar y a tener la posesión, pero todos veíamos que esa circulación del esférico no nos iba a llevar a ningún sitio. Parecíamos un coche extraviado en una rotonda, girando y girando todo el tiempo sobre nosotros mismos. Fue valiente Setién apostando por Juan Carlos Valerón. Fue una declaración de principios. Era la opción más lógica para sustituir a Vicente Gómez. Podía haber salido bien, pero nos tocó ese día raro en el que hagas lo que hagas no hay manera de encontrar la salida.
El Levante sacó al campo a Rossi. Esa es la única historia que quedará de este partido, como en su día quedó el debut de Cruyff con un equipo granate que sigue siendo colista pero que se suma a esa revoltura que se está formando en la parte baja de la clasificación. No solo es el balón, hay mucho más. El balón es un fin que necesita de medios que lo distribuyan y de delanteros que lo coloquen en el fondo de una portería. Pero lo bueno es que en el próximo partido volverá a rodar como rueda la vida cada día. Hay que olvidar este lunes de plenilunio cuanto antes y mirar de frente a esa eliminatoria de Copa que tenemos a la vuelta de la esquina. No pasemos otra vez del extremo ditirámbico de San Mamés a un desastre apocalíptico. Este camino es muy largo y se tiene que hacer con mucha cabeza. Queda mucha Liga y hay muchos equipos peleando por un mismo objetivo. Vuelvo a lo que nos decían los entrenadores más avezados y más sabios cuando nosotros creíamos que el partido se acababa a los noventa minutos: balones al suelo. Mantengamos la calma y sigamos creyendo en este equipo.


domingo, 17 de enero de 2016

El efecto óptico

Yo canté un gol de Las Palmas en el estadio. Por unos segundos vi cómo le marcaban a ese porterazo llamado Oblak. Lo hizo Roque Mesa. Vi el balón golpeando en la red. Salté de alegría. Y creí que ganaba esa justicia poética que hace grande al fútbol algunas veces. Habíamos merecido el empate durante la primera parte. Hubo momentos, en torno al minuto treinta, en los que la Unión Deportiva combinó y jugó al fútbol como uno querría siempre que jugara su equipo. Pero enfrente estaba Oblak, y las oportunidades que tuvimos terminaban en sus guantes una y otra vez. Por eso cuando canté el gol de Roque Mesa estaba tan eufórico. En los diez segundos que creía que habíamos marcado, casi soñé el partido que teníamos por delante. Vislumbré el dos a uno, imaginé a la afición llevando en volandas al equipo y casi me vi escribiendo esta crónica con esa tinta que, digan lo que digan, brilla mucho más intensa que cuando cuentas la derrota (que por otro lado, todo hay que decirlo, es más hija de la literatura y de la poesía que la victoria y todos sus festejos).
No fue gol. Te lo confirma tu compañero en la grada y tú te niegas a creerlo hasta que ves que el balón no se pone en juego desde el centro del campo. Y entonces, como en esas tragedias griegas en las que sucede todo lo peor que uno imagina, ataca el rival y te marca un gol que deja a tu equipo frío y totalmente fuera del partido. Ahí se acaba todo. Ni justicia poética ni milagro divino. Se impone el presupuesto y la calidad del portero y de ese delantero llamado Griezmann que está a punto de subir al parnaso en el que solo tienen entrada los dioses del fútbol. Todo lo demás es sueño. El efecto óptico marcó el gol que llevábamos soñando más de quince años, ese gol que derrotara a un equipo de campanillas y que nos volviera a encumbrar ante los grandes.
No fue verdad. Golpeó la red, pero fuera de la portería. Lo que sí fue verdad fue el ambiente de Primera División. Creo que es la primera vez que el Gran Canaria vive ese ambiente tan especial y tan grandioso. Me llamó René del Pino desde Guía a primera hora de la mañana para contarme emocionado que había visto llegar en el barco de Agaete a decenas de aficionados con camisetas amarillas procedentes de Tenerife. Así era en los años setenta. Venían de Tenerife a ver cómo Las Palmas le ganaba a los grandes, pero los grandes de entonces solo jugaban con dos o tres extranjeros, y los derechos televisivos no alargaban las distancias de los sueños. Así y todo, Las Palmas jugó un buen partido, y les aseguro que el marcador final también es un efecto óptico que no refleja lo que vimos en el estadio. No me gusta escribir de los árbitros, pero hubo muchos pequeños detalles que condicionaron el encuentro, muchas faltas consentidas, un penalti de libro que nos hubiera metido en el partido, y otras muchas decisiones que hacen aún más difícil la lucha de un equipo pequeño contra esos Goliats de presupuestos mareantes.
Queda la afición, y ese es al final el patrimonio más grande de cualquier club de fútbol. Caminaba a la salida entre miles de seguidores que ya quisieran tener otros equipos de campanillas. Ese es nuestro aval: la afición y la cantera. Y el tiempo que nos irá poniendo poco a poco más arriba. Ya sé que no es fácil justificar un cero a tres en contra; pero háganme caso, solo es una ilusión óptica, como la que vimos cuando cantamos el gol de Roque Mesa. Al final estaremos lejos de donde estamos ahora mismo en la clasificación. Y llega la Copa. Y volveremos al Gran Canaria como si no hubiéramos perdido.

domingo, 10 de enero de 2016

La mitad del viaje

A veces solo nos salva lo que creemos, lo que hacemos y lo que seguimos intentando. Mirar atrás también es un aprendizaje si cuando miramos aprendemos a valorar lo mucho que hemos mejorado y también esos milagros que parecían imposibles. Borges decía siempre que el mejor antólogo es el tiempo. Lo decía refiriéndose a la literatura, pero podríamos aprovechar esa cita para referirnos también al fútbol, una entelequia, al fin y al cabo, como la que crean a veces las ficciones con sus nudos y sus desenlaces. Hemos llegado a la mitad de la travesía. Si miramos atrás veremos que no ha sido fácil navegar después de tantos años lejos de un océano tan complicado y, por momentos, tan revuelto y turbulento. Si alzamos la mirada hacia delante creo que esos horizontes que difumina la distancia nos parecen menos complicados que hace unos meses, o por lo menos ya creo que nos consideramos tan buenos navegantes como la mayoría de los equipos que nos acompañan en Primera División. Cerramos la primera vuelta fuera del descenso, con jugadores que no existían en septiembre o en octubre y que ahora no concebimos fuera del equipo titular. Bendito Setién solo por haber recuperado a Vicente Gómez o a Tana. Y por hacernos creer otra vez en la cantera. Y por jugar, con todas las consecuencias, al juego que llevábamos demandando desde hacía años.
Yves Saint Laurent repetía siempre que en la moda el estilo es eterno. Y también lo es en el fútbol. Nosotros, después de muchos años desnortados, después de haber visto a nuestro equipo en estadios de medio pelo y después de tantos y tantos experimentos fallidos, seguimos recordando el estilo de Silva y de Mujica, el de Germán, Tonono y Guedes, el de Brindisi, el de Narciso, el de Alexis Truillo, el de Coke Contreras, el de Robaina, el de Orlando, y por supuesto el estilo de Juan Carlos Valerón. Todo lo demás era mentira. Y ahora estamos en Primera, en mitad de esa travesía que sabíamos que iba a ser tempestuosa y complicada, y creemos a pie juntillas en que lo que nos queda será aún más grandioso. Sabemos a lo que jugamos. Ramón Gómez de la Serna, en una de sus muchas frases geniales, escribió una vez que si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte. A nosotros nos había sucedido algo parecido durante muchos años. Hablábamos siempre del fútbol canario y de la cantera, pero luego nos encontrábamos con planteamientos más propios del catenaccio o con jugadores que no tenían nada que ver con nuestra idiosincrasia. Creíamos conocernos tanto que nos estábamos equivocando todo el rato. Ahora todo es distinto. Y creo que estamos de acuerdo en que con este estilo llegaremos lejos. Y no solo es ganar o perder. Eso, y no porque lo dijera Coubertin, a veces es lo menos importante. Lo que vale es que nos divirtamos y que salgamos del estadio con esa sensación de que realmente nuestro equipo ha querido que su fútbol se parezca al que soñamos la mayoría de los aficionados.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El juego de los otros

Escribía Flaubert en La educación sentimental que el tiempo también escribe. Y traza renglones sorprendentes en la vida y en el fútbol. El tiempo viene con días esplendorosos y también con esos otros en los que parece que todo se derrumba. Nunca estamos arriba del todo y, por suerte, tampoco se eterniza ningún infierno cotidiano. En el fútbol la victoria parece que nos cura de repente y que nos hace olvidar que quedan muchos partidos y que la euforia exacerbada no suele ser una buena consejera. Tocó perder contra el Espanyol después de dos partidos exitosos. Ni éramos Brasil del 82 hace tres días, ni ahora somos un equipo sin alma. Tuvimos un mal día en Barcelona, y ese tiempo que escribe aunque nosotros nos empeñemos en refrenarlo quiso hacerlo hoy con letras de decepción y de derrota.
La Unión Deportiva parecía vestida con una ropa que no le pertenecía. Y no solo porque eligiera el fucsia en lugar del amarillo, sino porque nos contagiamos con el juego que proponía el equipo contrario. Contribuimos a embarullar el partido y en los últimos minutos incluso jugamos al pelotazo. Por eso digo que nos vestimos con ropajes que no nos pertenecían, y así veías que había jugadores que no se reconocían cuando el balón pasaba por sus pies. Uno tenía la sensación de que ellos mismos eran conscientes de que no tenían nada que ver con los que se reflejaba en su propio espejo. Eso sí, volvimos a ser osados, jugando con dos puntas en la segunda parte; pero la sucesión de faltas y protestas evitaban que fluyera ese juego vistoso que hemos desplegado en las últimas jornadas. Siempre me cayó bien el Español, sobre todo cuando venían al Estadio Insular y jugaban Solsona, José María y Marañón, o cuando salía en las estampas aquel portero de paradas imposibles llamado Gato Fernández. Eran los años de Sarriá, un campo en el que Las Palmas casi siempre jugaba de maravilla. Ayer, sin embargo, volvimos a otro pasado más reciente que nada tiene que ver con el de las últimas jornadas. Ese tiempo de Flaubert escribió en contra nuestra desde el primer minuto del partido. Olvidemos cuanto antes esta decepción y volvamos a la calma del toque, la combinación y la paciencia. Las derrotas sí es verdad que son un poco más duras cuando pierdes sin reconocerte en el espejo de tu propia mirada. Pero también se aprende de ellas. Y son inevitables en cualquier camino de la vida y del deporte. Hasta las letras parece que fluyen mejor cuando se gana. Son las mismas, pero no son iguales: ustedes me entienden. También los jugadores de la Unión Deportiva que jugaron contra el Espanyol eran los mismos, pero no jugaron igual que en los dos partidos de la última semana. Se vistieron con una ropa que era de otros. Volvamos cuanto antes al amarillo y al primer toque. Dice el adagio que uno no sabe si tiene alas hasta que no salta al vacío y comprueba si vuela. Nosotros ya sabemos que volamos. Y las alas siguen intactas a pesar de que hoy se nos enredaran en la espalda.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Extraños en la noche

Hoy hubiera cumplido cien años Frank Sinatra. Fue alguien que siempre se mantuvo fiel a su estilo. Vio pasar modas e ídolos que luego se quedaron en nada, y tuvo que aprender a soportar más de un fracaso. La Unión Deportiva Las Palmas se asemeja al cantante de Nueva Jersey. Por su fidelidad al toque de balón. Por las incomprensiones, y un poco también por la suerte. Bordamos el fútbol en el primer tiempo, pero no fuimos capaces de rubricar lo que íbamos escribiendo en el centro del campo. Nos asemejamos otra vez a esos escritores que narran y narran sin llegar a ninguna parte y sin saber cómo finalizar las historias. Nos sentíamos extraños en la noche jugando contra un Betis azul. Un Betis azul es casi como un perro verde, una rareza incomprensible, una visión que nos aleja del misticismo que puede tener el fútbol. No me imagino a Cardeñosa o a Gordillo vestidos de azul; pero ya sabemos que ahora vale más el merchandising que el lirismo.
Y la noche, como en esa canción de Sinatra, iba pasando de largo, y no llegaba el gol, y todo parecía condenado nuevamente al fracaso del empate en casa o de la derrota. Pero Setién fue fiel a su romanticismo hasta el último momento, y apostó por Valerón a falta de pocos minutos, y antes lo había hecho por Nauzet y por Willian José. Siempre buscando el ataque, siempre mirando hacia el marco contrario. Y llegó el delirio en el descuento. Y hubo justicia poética, y nos enamoramos otra vez del fútbol como cuenta Sinatra que se enamoró en esa canción, con esa sensación tan maravillosa y tan placentera que deja el amor o la victoria de tu equipo en el minuto noventa.
Llevábamos todo el partido queriendo encontrar un oasis en alguna parte. Uno no se da cuenta de que está en el desierto hasta que no pasa mucho tiempo sin vislumbrar un oasis. Nos estábamos empezando a parecer a esos personajes de Paul Bowles que se terminan extraviando a sí mismos entre dunas interminables. Sigo siendo igual de optimista que la pasada semana, y si no hubiéramos marcado esta noche seguiría defendiendo a carta cabal la propuesta futbolística de Quique Setién y Eder Sarabia. Es el fútbol que me gusta, el que admiraba cuando era niño y me llevaban de la mano al Insular, el juego de toque, la búsqueda de la portería contraria, lo que aprendí de Germán o de Brindisi. Y me quedo con el estilo antes que con el resultado. De momento tenemos que tratar de mantenernos en Primera. No será fácil, pero me tranquiliza saber que tenemos un Norte bien marcado y que sabemos a lo que estamos jugando. La noche es mágica cuando todo sale como habíamos soñado. Y la suerte, esa que dice el tango de Discépolo que es grela, a veces nos sorprende y nos regala un poco de justicia poética. Nos merecíamos ese triunfo y ese gol en el descuento. Extraños en la noche, pero felices como esos amantes que se encuentran en el último momento.